
Tan vergonzosa como cariñosa. Acomplejada por las manchas de su piel que a mí tanto me ponían. Pocos labios tan golosos habré probado en mi vida como los suyos. Y alguno de los orgasmos más placenteros fueron entre sus piernas. Pero ella se sentía patito feo. Como una Gulliver en país de gigantes. Como un monstruo de feria ambulante observado eternamente con sarna y burla. Y la ansiedad dio paso a depresiones, y acabó con aquello tan indefinido pero encantador que había ente nosotros. Dejé de saber de ella, le perdí la pista por completo y me quedé con la eterna duda de si el patito feo se acabó convirtiendo en cisne.

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