dilluns, 8 d’octubre del 2007
Ángela
Trabajábamos juntos, pero desde esa noche, nunca una fotocopia volvió a ser lo mismo. Salimos tarde del curro, y le dije de ir a hacer una copa para airearnos un poco antes de ir a dormir. La charla multiplicó la copa prevista por 5, y con esa cifra la rima era muy clara. Lo que no estaba tan claro eran sus desviaciones sexuales. Me empezó a pedir que le dijera cosas sucias primero; luego, que la insultara; y finalmente, que la pegara. Yo accedí al punto 1 y 2, pero en principio me negué al 3. Ella cambió su cara, y no olvidaré nunca su mala leche cuando le dije que no pensaba pegarle. Al ver que su reacción había sido muy brusca (casi me atrevería a decir psicópata), cambió el tono y recuperó algo de ternura para ponerme cachondo con palabras y lengua a ras de oído. Ella me fue poniendo calentísimo comiéndome la oreja, y me excitó tanto que se me fue la mano a su nalga derecha. Ahí fue ella la que se empezó a poner malísima, y húmeda, y todo acabó en sábanas manchadas, intercambio de orgasmos, y el primer capítulo de una historia que se sucedió, entre otros lugares, en el almacén de la oficina... (y me acabó de poner tontísimo sólo de recordarlo)
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